24 de mayo de 2010

Sí podemos ser independientes en política

Por Arturo León


La democracia es el gobierno del pueblo. En toda democracia deben existir grupos que representen a todo un país, cada uno luchando por lo que merece. Así es que existen pues partidos políticos que defienden una serie de ideales que involucran a distintos grupos de personas. Por eso en el congreso existen bancadas cada una perteneciente a un partido distinto y cada una luchando por un sector de la población diferente. Es así como nosotros los ciudadanos debemos conocer bien los ideales políticos que defienden los partidos para una vez formemos parte de ese grupo compartamos las mismas ideas y no perdamos independencia de pensamiento.

Si revisamos el significado de la palabra Independiente nos daremos cuenta que está estrechamente ligado a tomar decisiones propias sin depender de nadie. Y si aplicamos ese significado a una democracia sería imposible de llevar. Habría infinitas opiniones distintas y esto ocasionaría un desgobierno. Es por eso que la independencia debe estar sometida a los ideales que uno comparte con los partidos políticos, puede ser que tengamos pensamientos distintos pero respeto los ideales del partido al que pertenezco. En eso radica la independencia de cada uno de los ciudadanos.

Si todos quisiéramos ser independientes totalmente sería imposible que exista democracia. Tendríamos 28 millones de partidos distintos y eso sería una utopía. Los partidos ayudan a reunir a personas con pensamientos similares para lograr convención y acuerdos sobre los temas que se tratan en el gobierno.


Por lo tanto, los ciudadanos deben  preocuparse por saber cuáles son los ideales, historia, representantes más importantes de los partidos políticos para saber cuál es el que comparte sus ideas y así no perder independencia. Es probable que muchas personas sientan que no comparten ninguna idea con alguno de los partidos pero tendrá que someterse al más cercano a su pensamiento para ser parte de las decisiones que decidirán el futuro del país.



Por Arturo León


La muerte, un olvido postmoderno

Por María Gracia López



“Una cultura que vive de espaldas a la muerte pierde densidad y, sobre todo, escamotea una de las dimensiones esenciales de la vida humana”
Enrique Rojas Montes

En épocas de las grandes civilizaciones del mundo antiguo, la muerte tenía un especial significado dentro de cada cultura, ya sea en torno a creencias religiosas y de culto, como a tradiciones y costumbres. La muerte era entonces un acontecimiento de singular respeto y solemnidad, ante el cual siempre se mantenía una actitud positiva, pues la mayoría de culturas creía en la vida después de la muerte.

En la Grecia antigua (siglo V a.C), se consideraba que la vida estaba estrechamente ligada a la muerte, y no sólo por el hecho de que una da inicio al ciclo de vida y la otra le pone fin, sino porque la muerte, según la ley de la polaridad, fortalecía la voluntad de gozar la vida.

Hoy en día, sí que se goza la vida, pero no de la misma manera que proponían los griegos, sino más bien de una forma individualista y materialista, que nos hace alejarnos de nuestra cultura y nuestra tradición. De la misma manera, la falta de fe lleva al hombre a buscar respuestas sobre la muerte, que muchas veces la religión no puede explicar o que simplemente nunca llega a entender, y que por temor o confusión prefiere evadir.

Es así como la concepción de la muerte ha cambiado. Tal como sostiene el sociólogo Jesús de Miguel, en el mundo feliz postmoderno la muerte es un tema tabú, es evitada y retrasada al máximo. Si bien, se sabe que es lo único seguro en esta vida, cada vez se tiene menos consciencia de ello y no se le da la importancia debida.

A excepción de algunos pueblos que aún viven fieles a sus preceptos, la sociedad actual no reflexiona acerca de la trascendencia de sus actos y de su propia vida. Es por eso que la cultura se hace cada vez más inconsistente, vida y muerte, individuo y comunidad, terminan por desligarse.

Por María Gracia López

Simplemente inseparables

Por Lizbeth Seminario



Un producto no se vende solo, y para que una empresa sea líder en el mercado debe producir y ofrecer un producto de calidad, que rebase las expectativas de los consumidores, y busque la manera de atraer a los clientes potenciales dando a conocer el servicio, el valor y la calidad del producto.

Hay empresas que derivan gran parte de su presupuesto a la publicidad, pero no se preocupan por hacer un buen producto de calidad y que cumpla con las expectativas del consumidor y las exigencias del mercado. Por otro lado hay también compañías que desarrollan un producto de calidad, y creen que sólo por eso se hará conocido. Se olvidan del arma estratégica más importante de hoy en día: la publicidad.

Sin embargo, no deben desligar ninguno de los dos conceptos. Porque en primer lugar, frente a un entorno altamente competitivo, es fundamental que las empresas desarrollen un producto de calidad, diferente, innovador, así tendrá ventaja frente a la competencia. Ante todo debe centrarse en satisfacer a sus clientes, de lo contrario, ellos no valorarán el producto y no existirá ninguna forma de publicidad que logre socorrer esta ausencia.

No basta tener un producto con características funcionales. Se debe crear identidad de marca, la cual sólo se logra a través de la publicidad, así como la percepción que tenemos acerca de Coca Cola, con ella “destapa la felicidad”.

En segundo lugar, se debe apostar por la publicidad pues, es necesario comunicar las características y beneficios diferenciales del producto, de lo contrario sería imposible que los clientes se enterasen del nuevo producto, crear preferencia de marca y recordarles dónde comprar dicho producto.

En conclusión, las organizaciones deben destinar sus esfuerzos a producir y ofrecer a los consumidores un producto de calidad y buscar también los medios para promocionarlo, solo así será más fácil cumplir con sus objetivos comerciales.


Por Lizbeth Seminario


No soy una hijita de universidad

Por Alessandra Kufoy


Mi abuela siempre me decía que tenía que aprovechar mi niñez, porque cuando creciera no me iba a divertir: tenía que buscar trabajo, amor y éxito; y todo esto iba a ser difícil de conseguir. A pesar de sus consejos, de pequeña contaba los días para ser grande. Pero fui creciendo, y me di cuenta que mi abuela tenía razón: la realidad no es emocionante. Buscar trabajo no es tan sencillo, y ni qué hablar de encontrar el verdadero amor. Peor aún, la universidad no nos enseña la realidad.

 La universidad, que es el lugar en donde confluyen e imparten los mejores conocimientos, nos hace especialistas en el ámbito de nuestra carrera y forma nuestros juicios, pero no nos enseña sobre la complejidad de las relaciones humanas o el primer día de trabajo; sobre la vida en sí.

 ¿Por qué la universidad no nos enseña la realidad?


 Hablemos con franqueza, la realidad no es algo entretenido para impartir en las aulas de futuros profesionales. Importa más la sabiduría, que enseñarnos cómo hacer amiguitos. La realidad la debemos aprender por nosotros mismos, lo que la universidad hace es empujarnos con conocimientos para hacerlo mejor, nos llena la mente de nuevos conocimientos y nos da luz sobre otros, mas no sobre cómo manejar nuestra vida personal.


 Además, ningún hombre sabe todo de la realidad. Ni el Decano de Humanidades nos puede decir cómo encontrar el amor. Asimismo, la realidad cambia, y los hombres con ella. No todos somos iguales, ni actuamos ante una situación de la misma manera.

 El hombre es un ser capaz de actuar según su inteligencia, y es a esa inteligencia a la que se dirige la universidad. Por esta capacidad, el hombre debe descubrir -aparte- cómo vivir su vida. No se le puede dar todo en bandeja de oro como un papá que engríe mucho a su hijo. Si fuera así, el niño esperaría todo de otros y no haría nada por sí mismo.

 Como dice el novelista americano Grail Godwin, la enseñanza es una cuarta parte de conocimientos y tres cuartas partes de actuación. Pero esta actuación la debemos aprender por nosotros mismos. No seamos hijitos de Universidad.

Por Alessandra Kufoy

Democracia: ¿espejismo o realidad?

Por Flor Jiménez


En el mundo actual los políticos caen tanto en el uso de algunas palabras que terminan haciendo que estas pierdan su sentido. Es el caso de libertad, dignidad, honradez y democracia. Estamos acostumbrados a ver en todo dos polos extremos de palabras, vemos al mundo siempre en dos, si existe lo bueno también lo malo, Dios o el diablo, blanco o negro.

Juan Lorza en un artículo menciona que esta visión bidimensional del mundo nos ha alejado de entender lo que significa pertenecer a una democracia, creemos a ciegas que una democracia se basa en la votación mayoritaria del pueblo, es decir, creemos que la mayoría siempre tiene la razón.  Pero no nos damos cuenta que en una autentica democracia, mayorías y minorías son siempre necesarias. La mayoría de hoy es potencialmente la minoría del mañana, y la minoría de hoy es potencialmente la mayoría de mañana según Ricardo del Barco.

Borges decía que la democracia era un espejismo de la estadística ya que por ignorancia y desconocimiento la mayoría se deja embaucar por personas que dicen llamarse políticos y no son más que una secta de mentirosos que nunca cumplen con lo que prometen en sus planes de gobierno. Al momento de hacer campaña hacen miles de promesas; te quieren bajar las estrellas por ganarse un voto; y  cuando ganan las elecciones no hacen nada de lo que prometieron.

La democracia perfecta no existe, es una utopía. Podríamos decir que es un mal sistema,  pero es el mejor de los que conocemos, Y aunque la democracia se ha erigido por razones obvias como el único sistema político aceptable hace más de 2500 años, el número de escépticos no solo no se reduce, sino que aumenta como lo dice Juan Angel Oviedo en su blog Diretes y dimes.

Aunque la democracia sea el mejor sistema que conocemos, como todo tiene sus defectos y no siempre se aplica correctamente, debido a la falta de participación activa de los ciudadanos o por desinformación de las personas, lo cual permite la manipulación y la escasez de fuerzas que generen equilibrios frente a quienes tienen otras ideas.
Por Flor Jiménez

Guerra por la vida

Por Josefina Costaguta.


Las noticias internacionales que informan de revueltas causadas por ecologistas de organizaciones como Greenpeace, u otras fundaciones, son cada vez más frecuentes. Los apasionados métodos de dichos activistas pueden calificarse en algunos casos como agresivos, e incluso dignos de terroristas, pero en este asunto, ¿el fin no justifica los medios?

Los beneficios que buscan los activistas medioambientales, al pelear con los industriales y gobiernos de medio mundo, justifican los métodos extremos que deben llevar a cabo para la protección de nuestro ya acalorado e inestable planeta.

Los ideales de los ecologistas no se centran en salvar animales y bosques por su sola permanencia en el mundo, sino que reconocen que son recursos que asegurarán un futuro de conocimientos y bienestar para las generaciones futuras. Acciones, como las de Greenpeace, buscan llamar la atención sobre cada acción gubernamental o industrial que pueda contribuir a la destrucción de otro pedazo más del planeta tierra, la extinción de otra especie de animales o la manipulación genética.

¿A quién no le apremia que nuestro planeta ya perdió más del 50% de sus selvas tropicales que albergan al 90% de las especies del planeta? o ¿a quién no le duele ver a un ballenato llamar a su madre cuando es asesinada con arpones explosivos? O cuando se sabe que ochenta especies de tiburones están en vías de extinción porque los pescan para cortarles las aletas y lanzarlos al mar, todavía vivos, para morir desangrados.

El grado de destrucción de nuestro planeta es inquietante, ¿acaso esta situación no amerita tratar de salvar lo que nos queda, aunque sea necesario invadir salas de juntas o encadenarse al edificio de algún ministerio?, ¿acaso salvar a los animales más grandes, y a la vez dóciles de la tierra no amerita que alguien lance bombas pestilentes a los balleneros japoneses para evitar que las cacen? Son situaciones en las que los intereses económicos vuelven ciegos, sordos y mudos a hombres de negocios y los ecologistas deben hacerse escuchar de las maneras más estruendosas.

Aunque muchas de las acciones de las diferentes organizaciones ecologistas rompan el orden público, obstruyan actividades oficialmente “legales” o asusten a los encorbatados con  trajes de orangutanes –como sucedió con activistas de Greenpeace en una reunión de accionistas de la Nestlé-, creo que son justificadas porque buscan un bien mayor para el mismo desleal e interesado humano, el propio destructor de su hogar.

Por Josefina Costaguta


11 de mayo de 2010

No eres tú, soy yo

Por Juan José Rubio Salcedo

Hace un tiempo Movistar lanzó la campaña ‘Conectados podemos más’. Esta comenzó con el comercial ‘Un lunes cualquiera’, valgan verdades, se trata de una pieza magistral que incluía, entre Vallejo y Vargas Llosa, a combis que te dejan cruzar, calles desbloqueadas y la tremenda imagen del Perú que todos soñamos.


La segunda pieza, ‘Conectados podemos más’, va en la misma línea. La voz de Pelo Madueño nos mueve a estar orgullosos de nuestra peruanidad y a apoyarnos unos a otros. Técnicamente, Young & Rubicam se esmeró. Son piezas publicitarias muy bien logradas que apelan a la emotividad del consumidor.

Sin embargo, si bien se trata de piezas tan premiadas, visitadas en YouTube y comentadísimas en círculos y blogs de publicidad, ¿por qué los usuarios se encargan de despotricar contra Telefónica a través de las redes sociales –Twitter, Facebook y YouTube–?  ¿Por qué los mismos trabajadores hacen notas y cuelgan videos que buscan traer abajo esta nueva imagen corporativa? ¿Cuál es el problema?



A un nivel macro, Daniel Scheinsohn, especialista en comunicación corporativa, explica que el concepto de imagen corporativa se fundamenta en todo los contactos que tiene la organización con el consumidor. Seamos claros, Telefónica, más precisamente Movistar y Speedy, brinda un servicio desastroso: ya sea que te dejen colgado en el servicio al cliente, mensajes de cobranza a las tres de la mañana o una banda ancha bastante angosta.

Ahora bien, por un lado te prometo la hermosa experiencia de ser peruano y te pido que te unas a los demás a través de mi servicio telefónico; por otro, te dejo esperando cuando tienes un problema, abuso de mis trabajadores, te cobro sumas escandalosas, en fin, una experiencia de consumo terrible. Movistar se convierte en el don Juan, el choque y fuga, el jugadorazo.


Por Juan José Rubio Salcedo


 
Yo opino Copyright © 2009 Blogger Template Designed by Bie Blogger Template